jueves, 23 de abril de 2009

Sobre Adicciones


ESTRÉS, CONSUMO DE DROGAS Y SU AFRONTAMINTO
Por: Jorge L. Shimabukuro Kyam
Psicólogo
Responsable de Capacitación IPSICOC
RESUMEN


Estrés es un término que ha empezado a cobrar mayor presencia en los últimos tiempos debido a múltiples razones, hoy en día estamos asistiendo a un mundo globalizado y altamente competitivo, las personas suelen estar sometidas a los rigores del estrés, las tensiones físicas, las preocupaciones, la contaminación del medio ambiente, los ruidos molestos, la presión laboral, las dificultades económicas, etc. Todo ello precipita un estado de constante alerta lo cual afecta en mayor medida al sistema inmunológico y al sistema nervioso central y con ello la posibilidad de enfermar se ve notablemente incrementado.
Existirían algunos tipos de conexión entre las variables de personalidad y los trastornos asociados al estrés, tales como: (1) la personalidad puede influir sobre la salud a través de mecanismos fisiológicos directos (por ejemplo, reactividad cardiovascular) y/o indirectos (por ejemplo, modulación del sistema inmune); (2) las características de personalidad pueden potenciar la conducta adictiva (por ejemplo, consumo de alcohol excesivo); y (3) ciertos aspectos de la personalidad pueden aparecer como resultado de procesos asociados a la enfermedad y al consumo de drogas (por ejemplo, dependencia, psicopatías, etc.)
En cuanto al afrontamiento o coping implica la variación en las respuestas fisiológicas asociadas al estrés. En términos generales, se entiende el afrontamiento como los esfuerzos, tanto cognitivos como conductuales, que hace el individuo para hacer frente al estrés, es decir, para “manejar” tanto las demandas externas o internas generadoras del estrés, como el estado emocional desagradable vinculado al mismo.
El afrontamiento depende de la evaluación respecto a que pueda o no hacerse algo para cambiar la situación.


Palabras Clave: Estrés, variables de personalidad, consumo desustancias, dependencia, afrontamiento.


INTRODUCCIÓN

El presente estudio apunta a desarrollar de manera clara los mecanismos del estrés que están presentes a lo largo de las diversas instancias de la experiencia humana y como ciertos estresores son capaces de alterar el funcionamiento adaptativo de las personas y su organismo, de tal forma que no logran establecer un vinculo funcional con su entorno. Es ya conocido que después de algo más de medio siglo de profusa utilización del término “estrés” aún siga siendo tan apasionante su estudio.
La palabra Estrés se deriva del griego STRINGERE, que significa provocar tensión. Esta palabra se utilizó por primera vez en el siglo XIV y a partir de entonces se empleó en diferentes textos en inglés como STRESS, STRESSE, STREST y STRAISSE.
El primer concepto de estrés fue formulado por Cannon, quien, en 1929, lo definió como una reacción de lucha o huida ante situaciones amenazantes, postulando que su biología dependía de la estimulación del sistema simpático-adrenal. Hans Selye, años más tarde, planteó que la respuesta al estrés no era específica y propuso hablar de un síndrome general de adaptación, agregando años después, en 1974, dos conceptos diferentes a tener en cuenta: el de estrés, para designar al sistema de respuesta normal con el cual convivimos (conductas de afrontamiento o coping), versus el de distrés como el sistema de respuesta disfuncional, anormal o patológica (conductas de confrontación). En investigaciones que efectuó sobre el estrés, lo define como "una respuesta corporal no específica ante cualquier demanda que se le haga al organismo (cuando la demanda externa excede los recursos disponibles). Es un patrón estereotipado, filogenéticamente arcaico que es parte normal de la preparación del organismo para el enfrentamiento o para la huida. Estas respuestas de la edad de piedra son provocadas por muchas situaciones de la vida moderna, cuando la actividad física es imposible o socialmente inaceptable. Así, por ejemplo, las pupilas se agrandan para mejorar la visión y el oído se agudiza, los músculos se tensan para responder al desafío, las frecuencias cardiaca y respiratoria aumentan de manera que la sangre es bombeada en forma más abundante y rápida para aumentar la llegada de oxigeno a las células y favorecer la demanda de las respuestas al peligro. Para ello la sangre es dirigida a áreas prioritarias, como lo son corazón, pulmones, riñones, hígado, músculos grandes y el cerebro. Funciones no prioritarias en ese momento, como la digestión y circulación periférica son disminuidas en forma dramática.
Mason, en 1968, hizo un aporte muy interesante al decir que el estresor debe ser inédito, y que para que el mismo produzca una respuesta debe haber sido previamente evaluado cognitivamente por el individuo. Es decir que no influye tanto el estresor en sí mismo, sino la evaluación cognitivo-simbólica que se realice de esa situación de amenaza (esto se hace comparando situaciones peligrosas personales o culturales anteriormente vividas). Bohus en 1994, recopiló todo lo anterior diciendo que en el estrés influyen de manera determinante, por un lado, las características y la duración del estímulo, y por otro, las estrategias de afrontamiento según los sistemas biológicos que tenga el individuo amenazado.
En línea con la anterior definición, la Organización Mundial de la Salud (O.M.S.) postula que el estrés es "el conjunto de reacciones fisiológicas que prepara al organismo para la acción". Para Richard Lazarus (1966) sería "el resultado de la relación entre el individuo y el entorno, evaluado por aquél como amenazante, que desborda sus recursos y pone en peligro su bienestar".
Cabe destacar que los factores ambientales, que actúan sobre el individuo como estresores o amortiguadores, se establecen vía un procesamiento o evaluación cognitiva, y que tiene lugar a nivel límbico-cortical. Esto trae como consecuencia una percepción inmediata del estrés, mediada por un complejo sistema de canales iónicos (Glutamato excitatorio, gaba inhibitorio). Si los efectos del estrés cruzan esta barrera por haberse perpetuado en el tiempo o por su intensidad, entonces se pasa a una segunda etapa, donde las respuestas son de corto plazo, neuroquímicas, mediadas por ciertos neurotransmisores. Solamente se cruza esta barrera, otra vez por la magnitud, la intensidad o la cronicidad del estresor, se llevan a cabo respuestas de largo plazo neurohormonales, que están mediadas por CRH, opioides, oxitocina, y/o vasopresina. Todo lo explicado en cada uno de sus escalones, determinará las respuestas funcionales que determinan conductas, emociones y cogniciones.
De esta forma, cada vez que se realice una conducta ante un estresor, todos los cambios efectuados van ser utilizados para la evaluación cognitiva y simbólica de un nuevo estresor. Por eso decimos que la vivencia y familiaridad es aprendida.
Existe un considerable volumen de datos sobre la posible conexión entre los acontecimientos que ocurren durante el curso de la vida y el inicio de la enfermedad (O´Doherty y Davies 1987). El trabajo de Brown y Harris (1978) es uno de los ejemplos más destacados en el área de investigación sobre depresión. La investigación sobre los acontecimientos vitales y su relación con la adicción es un área mucho menos explorada. El complejo concepto de acontecimientos vitales implica no sólo que las enfermedades psiquiátricas son iniciadas o perpetuadas por interacciones entre el entorno y el individuo, sino que los acontecimientos vitales concretos modifican esa interacción. En algunos casos la vulnerabilidad llega a ser más aguda, en otros menos, y lo mismo ocurre en los acontecimientos externos.
Investigaciones anteriores han documentado una mayor frecuencia de acontecimientos vitales para los consumidores de droga previos al comienzo del consumo, comparados con grupos control y de pacientes psiquiátricos emparejados. Hay también datos de una mayor incidencia de acontecimientos vitales tras el comienzo del consumo, cuando se compara gente que se inyecta drogas con un grupo control (O´Doherty y Davies 1987).
Por lo tanto, se puede observar que el estrés es capaz de participar en la génesis de una enfermedad y viceversa. Siendo el afrontamiento el salvavidas que permite a la persona enfrentar una situación para lograr ajustarse correctamente al medio. Sin embargo, se corre el riesgo de no utilizar el salvavidas adecuado, dejando al organismo sin armas para luchar, trayendo como consecuencias la aparición de una serie de enfermedades relacionadas con el estrés, como las cardiovasculares, dermatológicas, musculares, respiratorias e inmunológicas entre otras.


REVISION DE LA LITERATURA ACERCA DEL ESTRES

Hoy en día el conocimiento acerca del estrés y sus efectos son amplios y sin duda, Hans Selye ocupa un lugar preponderante en el mundo científico, con sus investigaciones popularizó el término “estrés” y es considerado como el fundador de esta área de investigación aplicada a las ciencias de la salud. Selye por tanto entiende al estrés como una respuesta no específica del organismo y lo define como “El estado que se manifiesta por un síndrome específico, consistente en todos los cambios inespecíficos inducidos dentro de un sistema biológico. Así el estrés tiene su forma y composición características, pero ninguna causa particular” (1960, p. 65). El agente desencadenante del estrés (estresor o alarmógeno) es un elemento que atenta contra la homeostasis del organismo. Es estresor, por tanto, todo agente nocivo para el equilibrio del sistema homeostático del organismo. En algunos aspectos, asume Selye, cada demanda hecha sobre el organismo es única, es decir, específica. El calor, el frío, las drogas el ejercicio muscular, etc., elicitan ciertas respuestas altamente específicas; por ejemplo, el calor produce sudoración, el ejercicio produce activación muscular y cardiaca, etc.
Por otra parte, subraya que la respuesta de estrés está constituida por un mecanismo denominado Síndrome General de Adaptación (SGA) definiéndolo como “aquellos cambios que se van produciendo en el organismo como consecuencia de la presencia más o menos mantenida de un estresor o situación de estrés”. Por lo tanto, cuando el organismo se expone a una situación para lo cual no esta adaptado, se genera en él una reacción de alarma o respuesta de ataque o huida que es principalmente fisiológica, donde se activa el eje neural que contempla la participación de los tres sistemas nerviosos; el simpático y parasimpático provocan la excitación en determinados órganos y la inhibición en otros respectivamente, además en ocasiones estos dos sistemas pueden actuar de forma reciproca, donde el simpático excita un determinado órgano y el parasimpático lo inhibe, el efecto de estos sistemas es rápido y corto ya que no puede liberar sostenidamente los neurotransmisores. El tercer sistema que se activa es el somático, que de mantenerse puede generar problemas a nivel neuromuscular provocando una respuesta emocional aumentada.
En esta fase de alarma, con el objetivo final de lograr la lucha o huida, para lo cual se requiere de equipar al organismo con el objetivo de salir victorioso de una situación, también participa el eje neuroendocrino donde se activa la medula suprarrenal para secretar noradrenalina y adrenalina a la sangre (la secreción aproximada es un 20% y un 80% respectivamente), esto mantiene la respuesta de estrés durante más tiempo.
Estos dos ejes se relacionan a través de la estimulación hipotalámica, como consecuencia de un estimulo estresor, que por medio de un factor liberador estimula a la hipófisis anterior para secretar ACTH (adrenocorticotropina), ésta actúa en distintos órganos del cuerpo provocando la activación de la glándula suprarrenal y la posibilidad de que grandes cantidades de oxigeno y glucosa estén a disposición de los órganos más necesarios en este proceso, como el encéfalo, estomago y el corazón, junto con esto, aumenta la circulación sanguínea y la síntesis de ATP, además existen funciones que se inhiben como la digestiva, reproductiva y urinaria.
De esta manera se puede observar que el organismo es capaz de generar una serie de reacciones que evidencian una complejidad donde sistemas biológicos son capaces de relacionarse, influirse y comunicarse por medio de distintos factores, logrando la actuación, en el escenario, solo de aquellos órganos que permiten a través de sus funciones, responder eficientemente al organismo, teniendo solo un papel secundario aquellos órganos que no se requieren para participar activamente en el proceso.
Se esta destacando aquí, el afrontamiento que es definido por Susan Folkman y Richard Lazarus (1986) como “aquellos esfuerzos cognitivos y/o conductuales constantemente cambiantes que se desarrollan para manejar las demandas especificas externas y/o internas que son evaluadas como excedentes o desbordantes de los recursos del individuo” . Este proceso puede ayudar a que la persona realice evaluaciones cognitivas que le brindan la movilización de recursos para lograr desaparecer un estimulo estresor o para percibirlo con una connotación menos negativa, con el objetivo de realizar conductas que permitan reducir las repuestas fisiológicas al estrés y lograr evitar la vulnerabilidad de padecer una enfermedad como consecuencia de la influencia del estrés por medio de un camino directo. Si la persona no cuenta con estrategias y estilos de afrontamientos adecuados, donde el primero se refiere a pautas de afrontamiento más situacional reactivo y el segundo a un afrontamiento disposicional de corte más estable, se encaminara a la segunda fase del SGA, la de resistencia, donde se mantiene la activación fisiológica a través de la participación del eje endocrino logrado por el efecto de hormonas liberadoras hipotalámicas, donde las secreciones que participan son; la hormona liberadora de corticotropina (CRH), de hormona de crecimiento (GHRH) y de tirotropina (TRH) . En esta fase la persona es vulnerable a distintas enfermedades, como la ulcera que se genera por la exposición prolongada de una situación estresante donde los jugos gástricos destruyen las paredes del estomago. Finalmente la persona esta expuesta a la enfermedad de forma determinante en la fase de agotamiento donde disminuyen sus recursos, ocasionando que no sea posible sostener la reacción de resistencia, perdiéndose el pseudoequilibrio logrado en la fase anterior, llegándose al estado de coma o a la muerte en caso extremo . En esta fase se produce un aumento de la actividad simpática, de la presión arterial sistólica y un aumento de las concentraciones urinarias y sanguíneas de adrenalina y noradrenalina.
El estrés también ha sido visualizado dentro de un segundo enfoque, que lo aborda como un estimulo. Considerándose aquí la clasificación realizada por Lazarus y Cohen (1977) sobre tres tipos de estímulos estresantes; los cambios mayores, que afectan a una gran cantidad de personas, donde éstos no tienen control sobre la situación, provocando que los individuos empleen, en mayor medida, un modelo de afrontamiento pasivo ya que evaluarían la situación desde un locus de control externo, provocando que no hagan nada sobre la circunstancia, o podrían utilizar un método de afrontamiento de evitación o uno conductual que llevaría a las personas a realizar comportamientos para suprimir o superar los efectos negativos de la situación estresante. No obstante este estrés puede provocar, por medio de un camino indirecto, la emisión de conductas que exponga a la persona a padecer de una enfermedad o accidente. La segunda clasificación de los estímulos estresantes se refiere a los cambios mayores que afectan a una persona, aquí se puede considerar la enfermedad, esta es contemplada como un productor de estrés, siendo la enfermedad propiamente tal la causante de estrés y no viceversa como se expuso anteriormente. La persona frente a este estresor puede emplear variados estilos de afrontamiento que estarán en función del tipo de enfermedad, la localización corporal de ésta, el grado de reversibilidad, la tasa de progresión, el nivel de deterioro que exista en el órgano o la capacidad física, de la evaluación de dicha situación y la estructura de personalidad que posea la persona, estos llevaran a que la persona mantenga una tendencia a usar preferentemente un tipo de afrontamiento, estos principalmente podrían ser los siguientes: Activo, donde la persona intentaría por medio de sus recursos lograr una solución a la situación; pasivo, que lo llevaría a no emitir ninguna acción o el evitamiento de la situación de enfermedad. Por otro parte, podría haber una focalización del afrontamiento que sería de tres formas; el dirigido al problema que podría llevar a que la persona, por ejemplo, cambie sus conductas de riesgo por una saludable; dirigido a la respuesta emocional donde la persona intentaría reducir los sentimientos negativos que le ocasiona el padecer una enfermedad; dirigido a la reevaluación del problema donde se visualizaría la situación de enfermedad desde una perspectiva distinta. Finalmente en la actividad movilizadora, el afrontamiento podría ser cognitivo o conductual, en el primer caso se utilizarían las capacidades cognitivas para solucionar o dimensionar la situación de enfermedad desde una perspectiva más optima para la persona, en el segundo caso, se emitirían conductas para enfrentar dicho problema . La tercera clasificación de los estímulos estresantes se refiere a las situaciones adversas de la vida cotidiana , donde se podría producir una alostasis, que consiste en cambios fisiológicos constantes, sin llegar a generar en primera instancia u desequilibrio orgánico, esto estaría dado por la acumulación de hechos cotidianos desafiantes que finalmente inducirían daño en tejidos y órganos, provocando la enfermedad. Los tipos de afrontamiento que la persona utilizaría se encauzarían en la misma dirección descrita en la segunda clasificación de los estímulos estresantes.
Es importante destacar que este enfoque no se limita a considerar solo reacciones fisiológicas, sino que incluye respuestas cognitivas, comportamentales y afectivas, abriendo las puertas a los procesos psicológicos que emergen en el estrés, es por esto que en este texto, se dieron a conocer los estilos de afrontamiento conjuntos con este enfoque. Sin embargo, existe un tercer enfoque, donde algunas definiciones de estrés, muestran una integración explicita de los elementos psicológicos y fisiológicos en el proceso de estrés, permitiendo tomar el afrontamiento y la enfermedad de forma más directa con el estrés. Se esta admirando aquí al enfoque que concibe el estrés como transacción persona-medio, destacando la definición que Fernández-Abascal hace de estrés, concibiéndolo como “Un proceso psicológico que se origina ante una exigencia al organismo, frente a la cual éste no tiene información para darle una respuesta adecuada, activando un mecanismo de emergencia consistente en una activación psicofisiológica que permite recoger más y mejor información, procesarla e interpretarla más rápida y eficientemente, y así permitir al organismo dar una respuesta adecuada a la demanda” . Por lo tanto el estrés es producto de la interacción entre la persona y el medio ambiente, estando en juego las estrategias de afrontamiento concebidas como procesos concretos que se utilizan en cada contexto y cambian de acuerdo a las condiciones desencadenadoras. Existen diversas estrategias de afrontamiento como la reevaluación positiva, la reacción depresiva, la negación, la planificación, etc. A pesar de esto, se caería en un error al pensar que estas permiten que siempre la persona logre superar una situación, logrando enfrentar una enfermedad que traería como consecuencia la adaptación de la persona al medio.
En función a estos aspectos complejos que involucran estructuras complejas de naturaleza neuroendocrina, el propio sistema nervioso central, periférico y autonómico, así como el sistema inmunológico proclive a debilitarse y permitir que estresores tanto internos como externos, menoscaben la salud integral de los individuos, así mismo el sistema de creencias, los aspectos de personalidad y la manera particular con que cada persona interpreta los acontecimientos y los aspectos vinculados al apoyo social podemos establecer que existen suficientes evidencias de que el estrés potencia fuertemente la vulnerabilidad a involucrarse o reincidir en el consumo de sustancias psicoactivas. Estudios realizados en la facultad de ciencias químicas de la Universidad Nacional de Córdova (UNC) aportaron dichas evidencias. Basados en un trabajo con animales de laboratorio, los investigadores del Departamento de Farmacología de esa unidad académica encontraron que tanto la exposición única como repetida a situaciones de estrés, produce una sensibilización en ciertas vías neuronales (que utilizan dopamina, un neurotransmisor) relacionadas con la adicción a drogas.
Específicamente, hallaron cambios en el núcleo accumbens que forma parte del circuito de recompensa del placer que inducen al consumo de sustancias psicoactivas. Además, observaron que se trata de la misma vía del sistema nervioso central que se activa ante la administración repetida de sustancias psicoactivas.
"Lo interesante es que el estrés sensibiliza el circuito de la misma forma que lo hacen los psicoestimulantes".
La relación íntima que se establece entre el estrés y el consumo de drogas plantea las siguientes hipótesis:
Hipótesis homeostáticas: relacionan el riesgo de sufrir recaídas con los cambios neuroadaptativos y con la alteración de la homeostasis neuroendocrina, producidos por la droga, que son los factores que se cree subyacen a la ansiedad, a la desregulación del estado de ánimo y a los síntomas somáticos que acompañan al síndrome de abstinencia agudo y que pueden persistir durante períodos considerables de tiempo, en lo que se llama fase tardía o "abstinencia prolongada". Estos cambios, provocados por el uso de las drogas adictivas, conllevan daños en los mecanismos que median el refuerzo positivo y la emergencia de cambios afectivos tales como ansiedad, disforia y depresión durante la abstinencia. Hay pruebas evidentes de que existen perturbaciones en la transmisión de dopamina y serotonina en el núcleo accumbens (sistemas neuroquímicos que son activados por la autoadministración de cocaína y etanol y que son deficitarios durante la abstinencia) como sustratos potenciales para estos cambios afectivos. Además, hay una evidencia creciente que sugiere que el aumento de la liberación del Factor de Liberación de Córticotrofina (FLC) en el núcleo central de la amígdala representa un mecanismo subyacente a las consecuencias ansiógenas y estresantes de la abstinencia que son comunes a todas las drogas de abuso. También habría una desregulación en el sistema de estrés no neuroendocrino del FLC. Las anormalidades persistentes de la función del FLC en el núcleo central de la amígdala, provocadas por las substancias adictivas, estarían vinculadas con la vulnerabilidad a la recaída durante la abstinencia prolongada. Este punto de vista implica que la búsqueda de alivio del malestar y del afecto negativo sería la base motivacional de la recaída.
Hipótesis de condicionamiento: se basan en observaciones de que la recaída se asocia frecuentemente a la presencia de estímulos ambientales relacionados con la droga. Este punto de vista sostiene que algunos estímulos ambientales específicos se han asociado con la acción recompensante de una droga en los términos del condicionamiento clásico - coexisten temporal y espacialmente la ingesta de droga y el elemento ambiental: lugar, presencia/ausencia de amigos, etc. Ciertas situaciones ambientales repetidamente asociadas a los efectos subjetivos de las drogas de abuso, incluido el alcohol, pueden evocar el deseo de consumir droga o desencadenar respuestas comportamentales que conduzcan a la recaída cuando aquéllas se hallan presentes.
La hipótesis homeostática y la de condicionamiento no se excluyen mutuamente. De hecho, los factores homeostáticos y de condicionamiento suman sus efectos, ya que la exposición a estímulos ambientales relacionados con la droga puede aumentar la vulnerabilidad a la recaída debido a alteraciones homeostáticas (3). Finalmente, los factores condicionantes (por ejemplo, la exposición a estímulos asociados a drogas) y el estrés pueden interactuar para aumentar la vulnerabilidad a la recaída. Este hallazgo enfatiza que sería importante considerar los efectos simultáneos de los múltiples disparadores ambientales de la recaída con la finalidad de desarrollar estrategias de tratamiento y medicación que resulten eficaces.

Los hallazgos demuestran que la mayoría de las drogas de abuso facilitan de manera aguda los efectos de recompensa de la autoestimulación cerebral, mientras que la abstinencia posterior al consumo crónico conduce al deterioro de los mismos sistemas de autorrecompensa (por ejemplo, los centros cerebrales de autogratificación no responden a la estimulación eléctrica en experimentos hechos con ratas en abstinencia), a la vez que se observan alteraciones comportamentales y cambios afectivos tales como ansiedad, disforia y depresión. O sea, que el organismo, que se ha sensibilizado a la presencia de la droga como estímulo para la activación de los circuitos de autorrecompensa y la producción de placer, cuando cesa el suministro de droga, los circuitos de autorrecompensa carecen de la sobreestimulación habitual y reaccionan, por tanto, en un nivel inferior al resto de estímulos que serían autorrecompensantes. El resultado es malestar psicológico, lo que hará que se vuelva a buscar a la droga para alcanzar el nivel de autorrecompensa necesitado.
Los cambios funcionales en el circuito de recompensa cerebral contribuyen, en parte, a estos cambios comportamentales debido a anormalidades en la transmisión Dopaminérgica y serotoninérgica en el núcleo accumbens. Concretamente, habría una sensible disminución de las concentraciones extracelulares de dopamina y serotonina. Estudios previos relacionan las anomalías comportamentales tales como la disforia y la anergia con disfunciones en la transmisión Dopaminérgica mesolímbica, y alteraciones tales como la depresión, las crisis de pánico y el insomnio con déficit en la transmisión serotoninérgica.
El estrés tiene un rol establecido entre los factores de iniciación y mantenimiento del consumo de drogas de abuso, y es una de las principales causas de recaída. A su vez, el consumo continuado de drogas produce alteraciones en los sistemas cerebrales reguladores del estrés.
Tradicionalmente, la conducta de búsqueda del consumo de droga se relaciona con el eje hipotálamo-pituitario-adrenal (HPA). Sin embargo, crece la evidencia que sugiere que el sistema no neuroendocrino del factor liberador de córticotrofina (FLC) en el núcleo central de la amígdala desempeñaría un papel preponderante en la regulación de la conducta adictiva asociada al estrés (4). Por microdiálisis se ha comprobado que los niveles de FLC se encuentran sensiblemente elevados en el núcleo central de la amígdala durante la abstinencia de cocaína y de etanol, como asimismo en la abstinencia provocada por el tratamiento crónico con antagonistas morfínicos y cannabinoides. De la misma manera, hay evidencias de que la transmisión funcional de antagonistas del FLC en el núcleo central de la amígdala atenúa las manifestaciones comportamentales aversivas y ansiógenas producidas por la abstinencia de alcohol y opiáceos.
Las bases neuroquímicas y la relevancia funcional de estos mecanismos no están claramente establecidas aún en la abstinencia prolongada. Se sabe que la exposición continua a la cocaína no produce per se una elevación persistente de los niveles de FLC en la amígdala. Sí se sabe que la abstinencia prolongada induce cambios en la síntesis de FLC en la amígdala, pero este mecanismo no ha sido debidamente estudiado todavía. Resulta interesante un estudio preliminar con ratas, que muestra que después de seis semanas de abstinencia, en ratas dependientes de etanol, éstas se vuelven más sensibles a los efectos ansiógenos de estímulos estresantes suaves, efecto que puede ser revertidos administrando un tratamiento previo con antagonistas de los receptores centrales de FLC. Será importante determinar en estudios futuros de qué manera estos cambios en la reactividad al estrés se traducen en una mayor susceptibilidad a recaer en una conducta adictiva inducida por el estrés.
Numerosos trabajos ponen de manifiesto la importante relación existente entre el uso y el abuso de algunas sustancias y la presencia de problemas de salud mental. Sin embargo, es difícil establecer cuál es el papel específico que juega cada sustancia en el inicio, mantenimiento o empeoramiento del trastorno mental. Esto se debe a varios motivos: en primer lugar, la mayoría de las sustancias suelen consumirse en asociación a otras (por ejemplo, el alcohol y el tabaco, se habla entonces de policonsumo). En segundo lugar, se considera que el comienzo del trastorno mental podría preceder al uso de la sustancia, o simplemente coincidir en el tiempo, en muchas ocasiones. Finalmente, las diferentes patologías, y en especial los problemas de ansiedad y estado de ánimo, suelen ir asociados a otros trastornos (comorbilidad), por lo que es complicado establecer la relación directa entre la sustancia y cada problema en particular.
La investigación sobre los acontecimientos vitales y su relación con la adicción es un área mucho menos explorada. El complejo concepto de acontecimientos vitales implica no sólo que las enfermedades psiquiátricas son iniciadas o perpetuadas por interacciones entre el entorno y el individuo, sino que los acontecimientos vitales concretos modifican esa interacción. En algunos casos la vulnerabilidad llega a ser más aguda, en otros menos, y lo mismo ocurre en los acontecimientos externos.
Investigaciones anteriores han documentado una mayor frecuencia de acontecimientos vitales para los consumidores de droga previos al comienzo del consumo, comparados con grupos control y de pacientes psiquiátricos emparejados. Hay también datos de una mayor incidencia de acontecimientos vitales tras el comienzo del consumo, cuando se compara gente que se inyecta drogas con un grupo control (O´Doherty y Davies 1987).
Actualmente se acepta ampliamente que hay dos variables psicosociales entre los acontecimientos vitales, que juegan un papel significativo en el desarrollo de las adicciones: las experiencias en la niñez (Kubicka y Kozeny 1988, Bernardi et al. 1989) y, posteriormente, traumas en adultos (Rousanville et al. 1982, Cooke y Hole 1983). Sin embargo, los mecanismos que median el efecto de estas variables son referidos como mediadores. Estos factores de riesgo mediados han sido estudiados en los trastornos depresivos (Farmer et al. 2002), donde el neuroticismo y la extraversión correlacionaron con el estado de ánimo y los acontecimientos vitales.
Para argumentar la relación entre el exceso de acontecimientos vitales, otros factores mediadores y la adicción, condensaremos los estudios en tres grupos: a) acontecimientos negativos en la niñez como situaciones de vulnerabilidad, b) acontecimientos negativos en la edad adulta como desencadenantes, y c) factores de riesgo mediados.
Otro estudio sobre las adversidades en la niñez investigó la relación temporal que tiene la adicción al opio con la psicopatología y la criminalidad. Rousanville et al. (1982) entrevistaron a un amplio grupo de sujetos (n = 363) con adicción al opio, sobre su niñez, sobre el comienzo de su comportamiento delictivo regular y sobre el inicio ilícito de drogas. Encontraron tres subgrupos de consumidores de opio: un grupo inicial de niños con algún trauma; un grupo de delincuentes a edad temprana; y un grupo expuesto tanto a drogas como a la presión de los compañeros de grupo. Hay evidencia que confirma la observación probada de que el abandono del colegio puede ser un factor de riesgo significativo para el consumo posterior de drogas (Robins 1980). También, hay consistencia significativa en la evidencia que indica agresión y comportamiento antisocial en la niñez temprana como factor de riesgo principal para el consumo de drogas (Hawkins et al. 1992).
La morbilidad psiquiátrica general en la niñez, independientemente del tipo de patología, se ha identificado como un factor de riesgo (Lopes et al. 1996). Los factores más comúnmente investigados son los trastornos de conducta, el trastorno por déficit de atención e hiperactividad (ADHD) y los trastornos afectivos (Horner y Scheibe 1997). Los estudios anteriormente citados han subrayado la importancia de realizar mediciones de las adversidades de la niñez cuando se estudia el origen de las adicciones.
Hay evidencia de que el consumo de sustancias de los padres y su comportamiento juegan un papel importante. Se sabe muy poco sobre el consumo de drogas de los padres. La información disponible sugiere que las actitudes parentales permisivas hacia el consumo de drogas y el consumo de drogas por parte de los padres incrementan el consumo de drogas de los adolescentes (Kandel 1982). Varios estudios documentaron un incremento en el consumo de alcohol entre los adolescentes descendientes de padres alcohólicos (Swadi 1999). Sin embargo, otros no encontraron tal correlación (Roosa et al. 1988, Johnson et al. 1989). No obstante, se documentaron mayores tasas de abuso de drogas entre los adolescentes con padres alcohólicos (Johnson et al. 1989). El consenso es que los niños de padres que abusan de sustancias presentan un riesgo mayor de desarrollar trastornos relacionados con el abuso de sustancias, incluyendo los relacionados con el abuso de alcohol.
Las dinámicas familiares y los estilos parentales, tales como el divorcio de los padres, la discordia entre los padres, la ruptura familiar, la comunicación negativa, la respuesta afectiva, el desarrollo de los roles, la disciplina inconsistente de los padres, y la violencia familiar, se han identificado como situaciones estresantes importantes en la vida de los consumidores de drogas (Stoker y Swadi 1990). Las familias de los niños que consumen drogas estaban caracterizadas por padres distantes y no implicados y madres desbordadas (Kaufman y Kaufman 1979).
Para los adictos a narcóticos, se han postulado tres grandes tipos de trastornos: provenir de “hogares rotos”, sobreprotección de los padres, y sistemas familiares en los que hay algún tipo de refuerzo de las conductas adictivas por miembros familiares (Blechman 1982). Stimson (1973) documentó que cerca de la mitad de los adictos a la heroína habían experimentado una separación de al menos un año de sus padres antes de los 16 años, mientras que Rounsaville et al. (1982) encontraron que un tercio de su muestra había experimentado acontecimientos “perjudiciales” en la niñez, en particular violencia, hospitalización y separación de los padres. Tenant y Bernardi (1988) documentaron que la pérdida de los padres en la niñez es más común en los adictos a narcóticos y en los alcohólicos que en los controles. El tipo de separación normalmente implicado es el resultado del conflicto familiar o marital.
En otro informe, los autores compararon a los alcohólicos y a los adictos a heroína con un grupo control normal y encontraron que la sobreprotección maternal y paternal era más frecuente en los adictos a narcóticos (Bernardi et al. 1989).
Parker et al. (1979) utilizando el Parental Bonding Instrument (PBI) encontraron que los clientes que referían niveles bajos de atención y niveles altos de sobreprotección durante la niñez habían desarrollado con más probabilidad problemas psicológicos en la edad adulta.
El PBI se ha utilizado también específicamente para estudiar la calidad de la paternidad en consumidores de alcohol y drogas (Bernardi et al. 1989). Encontraron niveles altos de sobreprotección maternal y paternal en los consumidores de drogas, comparado con un grupo control. El grupo de alcohólicos mostró niveles altos de sobreprotección maternal, pero no paternal. No se encontraron diferencias significativas entre el grupo de alcohólicos y el de adictos a drogas. No se hallaron diferencias ni en el cuidado paterno ni en el materno, entre los tres grupos.
Cualquier investigación basada en el PBI puede ser criticada en el terreno de la hipótesis en “búsqueda de explicación”, por la que una persona con un trastorno intenta explicar su origen mediante la búsqueda de un acontecimiento causal. Desafortunadamente, es más probable que éste sea el caso de las personas con dificultades mentales, más que en sujetos sanos. Esto podría, por tanto, influir en las respuestas de cualquier grupo clínico cuando se enfrenta con preguntas retrospectivas.
Tennant y Bernardi (1988) probaron la hipótesis del “hogar roto”, comparando las experiencias de separación en la niñez entre los tres grupos. Encontraron que ambos grupos clínicos tenían frecuencias y duraciones más altas de las pérdidas maternas y de la pérdida de ambos padres, comparado con los grupos control. No hubo diferencias significativas en las pérdidas paternas entre los tres grupos. El aumento en la separación maternal, en los grupos clínicos, se explicó por una mayor incidencia de conflictos maritales en estos grupos, mientras que la separación por fallecimiento no mostró variación entre los tres grupos.
Tanto Bernardi et al. (1989) como Tennant y Bernardi (1988) señalaron las dificultades con la madre durante la niñez como indicadores del abuso de sustancias posterior. Esto enfatiza la importancia de la madre como la figura principal en la niñez. Gorman y Brown (1992) discutieron la idea de que ciertas personas son más “predispuestas a acontecimientos” con respecto a algunos tipos específicos de eventos, y suscita la cuestión de hasta qué punto las predisposiciones de personalidad pueden influir la relación entre los acontecimientos vitales y las conductas adictivas.
La mayoría de estados depresivos y ansiosos parecen estar desencadenados por un acontecimiento vital grave unos meses antes del inicio (Brown 1981). Entonces, podría hipotetizarse que un trastorno más complejo como la adicción puede ser consecuencia de una adversidad más grave y, sólo cuando parece no haber disponible otra conducta alternativa, se desarrollaría la adicción. Un agotamiento constante de los recursos de una persona puede conducir al empleo de cualquier estrategia de afrontamiento disponible, incluso si es ilegal y/o se sabe que es dañino (Alexander y Hadaway 1982). O´Doherty y Davies 1988, criticaron duramente la metodología retrospectiva e intentaron superar las limitaciones del recuerdo sugiriendo el uso de una entrevista recurrente. En su artículo de 1987 compararon tres grupos de consumidores de sustancias (alcohol, heroína y tabaco) con un grupo de sujetos controles, para investigar el origen de la adicción. O´Doherty y Davies concluyeron que los sujetos de los grupos de consumidores de drogas y de alcohol no experimentaron más acontecimientos vitales (independientemente de la adicción), pero sí que los acontecimientos se interpretaban de forma diferente a los que les pasaban al otro grupo. Sin embargo, su estudio se concentró en las razones de por qué la gente abusaba de las drogas una vez que había desarrollado la adicción, y no diferenciaron entre la etiología y el mantenimiento. El embarazo en adolescentes parece ser un acontecimiento especialmente de riesgo.
Los estudios mostraron una mayor incidencia de adolescentes embarazadas que abusaban de las drogas y que bebían alcohol (Cornelius et al. 1994). Sarvela y Ford (1992) señalaron que el riesgo era particularmente alto entre las adolescentes embarazadas con problemas de salud mental. En las mujeres, el acoso sexual, violación y otras experiencias traumáticas incrementaron el riesgo de consumo problemático de alcohol (Resnick et al. 1997).
También los individuos expuestos a acontecimientos traumáticos violentos pueden estar expuestos a mayor riesgo de abusar de drogas y de padecer síntomas depresivos (Kilpatrick et al. 1997). Clark et al. (2001) encontraron que los síntomas relacionados con el trastorno de estrés post-traumático (TEP) estaban asociados a un mayor consumo de drogas grave controlando por edad, depresión, y diagnóstico de TEP a lo largo de la vida. Otros estudios confirmaron estos datos (Kessler 1995, Sims y Sims 1998).
Los mecanismos que median los efectos de los acontecimientos vitales como factores de riesgo a menudo son referidos como “mediadores” (Willis et al. 1995). Dichos mecanismos han ganado atención en estudios recientes. Sin embargo, la relación entre acontecimientos vitales como factores de riesgo y sus mediadores puede ser de naturaleza muy compleja. Cloninger (1987) fue el primero que describió ciertas características de la personalidad de los individuos en riesgo de desarrollar un alcoholismo de inicio temprano. Posteriormente, Cloninger et al. (1988) apoyaron esta teoría en un estudio en 431 hombres suecos. A pesar de que la teoría de Cloninger se centraba en el consumo de alcohol, se ha probado empíricamente para otras sustancias (Willis et al. 1994).
Otra investigación documentó que las características de dificultad temperamental en la niñez temprana incrementaban la posibilidad de consumir tabaco, alcohol y marihuana en la adolescencia (Lerner y Vicari 1984). Blackson y Tarter (1994) estudiaron los factores de afiliación individuales, familiares y de iguales, que predisponen al inicio en el consumo de alcohol y drogas a edad temprana. Los atributos de personalidad en la niñez parecen ser factores de riesgo para el inicio temprano en el consumo de sustancias (Smith et al. 1982).
Las influencias de compañeros parecen tener, según la mayor parte de las comunicaciones, el mayor impacto en la conducta adolescente de abuso de sustancias (Jenkins 1996). El consumo con compañeros se ha identificado universalmente como el factor que mejor predice el consumo de drogas actual (Swedi 1999). El consumo de drogas parece servir de herramienta social para algunos adolescentes. Parece proporcionar un ambiente social y un marco favorable para el consumo de drogas. Tal marco incrementa el riesgo de iniciación, así como el consumo continuado (Drupe et al. 1995, Fergusson et al. 1995).
Los estudios previos indicaron que las drogas se relacionan con la delincuencia y con otras conductas ilegales (Elliot et al. 1982). Esto se ha confirmado en estudios recientes (Brook et al. 1996). La carencia de hogar (sin techo, “homelessness”) se ha implicado también como un factor mediador (Johnson et al. 1997). Sin embargo, debemos considerar el modelo bi-direccional, donde el consumo de sustancias puede ser un factor de riesgo para llegar a ser un “sin techo”.
La mayoría de los investigadores definen el afrontamiento como un conjunto de respuestas ante la situación estresante ejecutadas para reducir de algún modo las calidades adversivas de tal situación. Es decir, se habla de afrontamiento refiriéndose al aspecto del proceso de estrés que incluye los intentos de individuo para manejar a los estresores. Se trata, pues, de respuestas provocadas por la situación estresante, ejecutadas para manejarla y/o neutralizarla. Es decir, se habla de afrontamiento en la relación a un proceso que incluye los intentos del individuo para resistir y superar demandas excesivas que se le plantean en su acontecer vital, y restablecer el equilibrio, es decir, para adaptarse a la nueva situación (Rodríguez-Marín, López- Roig y Pastor, 1900).
Partiendo del concepto de estrés psicológico como el resultado de una relación particular entre el sujeto y el entorno, que se produce cuando éste es evaluado por la persona como amenazante o desbordante de sus recursos y que por ello pone en peligro su bienestar (Lazarus y Folkman, 1986), es fácil suponer que los individuos en proceso de reinserción social encontrarán un gran número de eventos que pueden percibir como estresantes. Es necesario tener en cuenta en este caso, la relación indirecta que distintos autores han encontrado entre estrés y salud, a través de la elicitación de conductas no saludables, como el consumo de drogas, (Sandín 1995).
Al margen de los posibles factores individuales que pudiesen contribuir a la evaluación de las situaciones como estresantes consideramos, que existen determinadas circunstancias comunes intrínsecas al desarrollo del proceso terapéutico que pueden incrementar esta posibilidad y que a modo de ejemplo podríamos citar:
- El ir abandonando un ambiente que aporta apoyo emocional tanto de los compañeros como de los profesionales.
- El enfrentarse a la búsqueda de un trabajo, tras una vida inactiva de al menos 28 meses.
- En muchos casos el asumir responsabilidades familiares abandonadas con anterioridad.
- El realizar actividades de tiempo libre sin relación con el consumo de drogas.
- El asumir una progresiva responsabilidad económica.
- El establecer relaciones que cubran sus necesidades afectivas.
- El insertarse en la red social normalizada.
- El poner en práctica una serie de valores que le ayuden a intentar configurar su propio estilo de vida.
Al igual que afirma Labrador 1993, creemos que el estrés es un aspecto inevitable de la vida. A veces, incluso, contribuye a la adquisición de nuevas estrategias o la puesta en marcha de recursos personales excepcionales, ello permitirá su utilización en situaciones futuras y contribuirá a mejorar las creencias sobre la propia valía, y el sentido de autoeficacia. Los trastornos psicofisiológicos y las alteraciones asociadas sólo se presentarán ante una determinada frecuencia, intensidad o duración de la respuesta de estrés, es decir, cuando el exceso de activación fisiológica no pueda ser canalizado en un comportamiento útil.
En gran medida la diferencia entre individuos en cuanto a funcionamiento ante las situaciones de estrés se produce en las distintas formas en que cada uno le haga frente. El proceso de afrontamiento no es siempre constructivo o destructivo en sus consecuencias, si no que sus costos y sus beneficios dependen de la persona; su momento y el contexto de estrés (Rodríguez Marín 1996). Es más, las consecuencias serán diferentes si las valoramos desde el aspecto fisiológico, psicológico o social. Por tanto cuando hablamos de afrontamiento hacemos referencia a los esfuerzos tanto cognitivos, como conductuales que realiza la persona para manejar el estrés psicológico, independientemente de sus resultados. Según, Lazarus y Foklman 1986, cubre dos tipos de objetivos, alterar la fuente provocadora de estrés modificando la situación o cambiar la manera en que ésta es tratada para reducir así el estado emocional negativo. Estas dos funciones pueden complementarse a la hora de contribuir al funcionamiento global del individuo o pueden interferirse. El afrontamiento juega un papel mediador entre las circunstancias estresantes y la salud, las estrategias focalizadas en el problema se relacionan con resultados más positivos, mientras las centradas en la emoción, parecen relacionarse con la ansiedad y la depresión. La evitación se asocia negativamente con las formas de afrontamiento centradas en el problema. La confrontación y el distanciamiento en general parecen llevar a peores resultados, mientras el autocontrol y la búsqueda de apoyo social son menos discriminativos.
Si bien asumimos que las personas alcanzarán un mejor funcionamiento con una utilización flexible de las estrategias, es decir según los requisitos situacionales que prevalezcan en cada momento, en este trabajo hemos optado por considerarlas transituacionalmente, como disposiciones generales, tendencias que llevan a la persona a pensar y actuar de forma más o menos estable. Nuestro propósito es estudiar cómo esas preferencias individuales pueden incidir en el proceso de reinserción social de individuos que han consumido drogas de manera habitual.
De las diferentes aportaciones que se han realizado se pueden clasificar las siguientes condiciones que amortiguan el efecto del estrés.
1. Condiciones Ambientales
• Apoyo Social
Se ha publicado recientemente abundante evidencia que relaciona el apoyo social con la salud física y psicológica y se ha señalado que favorece la salud bien porque se relaciona negativamente con el comienzo de enfermedades o bien porque facilita la recuperación de pacientes con algún tipo de trastorno (Adler y Matthews, 1994). Esto ha dado origen a dos hipótesis la de acción amortiguadora y la hipótesis de efectos directos.
Según la hipótesis de acción amortiguadora, el apoyo social actúa protegiendo al individuo durante los momentos de estrés potenciando la adaptación del sujeto, por ejemplo, mediante la facilitación y mejora de conductas de afrontamiento. El apoyo social puede reducir el impacto del estrés de tres formas, eliminando o reduciendo el propio estresor, reforzando la capacidad del individuo para hacer frente al estresor o bien atenuando la experiencia del estrés una vez que este se ha puesto en marcha.
La hipótesis de los efectos directos presupone que el apoyo social ejerce efectos positivos sobre la salud y que el hecho de estar integrado en un grupo (redes sociales, grupo de amigos, familia, la pertenencia a clubes) facilita experiencias individuales positivas como la autoestima, afecto positivo, control sobre el medio. Estas experiencias protegen al sujeto de trastornos físicos y emocionales a través de mecanismos psicobiológicos, por ejemplo mejorando el funcionamiento inmunológico (Sandín, 1994). Actualmente ha sido más ampliamente probada hipótesis de acción amortiguadora y se puede decir que los recursos sociales en el momento de experimentar la situación estresante reducen los efectos nocivos de ésta.
• Situaciones de carácter positivo
Se refiere a situaciones que acontecen en la vida diaria que son de fácil acceso y que por razones de tiempo, sobrecargas, etc. no nos permitimos disfrutar. Nos referimos a actividades de ocio y tiempo libre tan sencillas como: pasear, descansar, oír buenas noticias, recibir sesiones de masaje, ir al teatro, etc. Todas estas situaciones modularían la respuesta de estrés (Labrador, 1993).
• Recursos utilitarios
El dinero, el acceso a información, acceso a los servicios sociales y a programas de entrenamiento, van a facilitar la resolución de una situación estresante.
2. Condiciones fisiológicas
Cuantos más recursos físicos u orgánicos tenga el individuo mayor resistencia al estrés tendrá y cuantos menos recursos, peores efectos tendrá el estrés sobre él. Se ha dicho que existe cierta predisposición biológica o estereotipia de respuesta que puede o bien facilitar las consecuencias nocivas de estrés o bien protegerlas.
3. Hábitos conductuales sanos
Nos referimos con esto, a los hábitos sanos de conducta. Una dieta equilibrada, no fumar ni beber en exceso y no consumir excitantes ni fármacos psicoactivos mejoraría nuestro estado de salud y sistema inmunológico al mismo tiempo que modularía la respuesta de estrés.
También se ha apuntado, la importancia del ejercicio físico. Este moviliza el organismo mejorando su funcionamiento y la capacidad física a nivel de los sistemas circulatorio, muscular y respiratorio.
Se ha comprobado que en estados de estrés movilizan recursos orgánicos como ácidos grasos, colesterol, glucógeno que rara vez se van a utilizar ya que la vida moderna no exige respuestas físicas intensas. Estos recursos movilizados y no utilizados pueden llegar a depositarse en el sistema vascular tapizando paredes y vasos, disminuyendo así el paso de la sangre dando lugar a un aumento de la presión arterial, hipertensión y propensión a infartos. Con el ejercicio físico podemos utilizar y consumir estos recursos movilizados por la respuesta de estrés antes de ser depositadas e impedir deterioros en el sistema cardiovascular. Los ejercicios recomendables son los aeróbicos como correr, montar en bicicleta, nadar, practicados tres o cuatro días semanales, unos treinta, cuarenta minutos y de una intensidad moderada (Labrador, 1993).
4. Aspectos cognitivos
Existen diferencias entre los individuos en su modo de evaluar las situaciones estresantes, unos lo hacen centrándose en las demandas de la situación (sujetos autoeficaces; analizan cómo manejar la situación, se centran en el problema), otros lo hacen en sí mismo (sujetos autoreferentes; se preocupa cómo les afecta la situación, se centran en la emoción) y otro en cambio lo hacen negando el problema o las demandas del medio (sujetos negativistas). Los sujetos autoeficaces llevaría mucho mejor que los anteriores la situación estresante (Labrador, 1993).
El optimismo es otra característica personal que amortigua el efecto del estrés sobre el sujeto. Las personas optimistas seleccionarían estrategias de enfrentamiento centrándose en el problema, buscarían aspectos positivos de la situación desdramatizándola, viéndola como reto y no como amenaza.
La sensación de control, el locus de control interno, comentado anteriormente, modularía los efectos del estrés. Creer que podemos manejar la situación y que ésta depende mucho de nuestros esfuerzos, estrategias y habilidades nos ayudará a salir ilesos de ella. Los experimentos de indefensión aprendida han demostrado cómo ratas sometidas a descargas inevitables y de las que no se puede escapar adolecen de úlceras y tumores (Belloch, Sandín y Ramos, 1995).
Conclusión
Se puede decir, finalmente, de acuerdo a lo revisado con respecto al estrés, consumo de drogas y afrontamiento, que estos tres conceptos corresponden a procesos que se vienen estudiando y que guardan una relación entre sí. Con la finalidad de comprender la dinámica y relación que mantiene con el organismo alterando el normal funcionamiento y la estructura del sistema nervioso central el consumo de sustancias psicoactivas. Por una parte, se logro evidenciar, que el estrés desde sus inicios ya ha venido de la mano con la enfermedad, el consumo de sustancias psicoactivas per se, con el tiempo adquiere esta condición de enfermedad con tendencia a la cronificación.
Por otra parte, el consumo de drogas también se involucra en la participación del estrés, siendo indispensable comprender en esta línea las respuestas de afrontamiento con las que cuenta la persona, que lo llevaran a emitir conductas, que se pueden orientar, por un lado a afrontar una situación de forma beneficiosa para la persona, y por otro lado, a desarrollar comportamientos que aumentaran la vulnerabilidad de padecer una enfermedad tanto física como mental como consecuencia de dicho consumo, impidiéndose la posibilidad de lograr adaptarse de forma positiva a la situación.
Por lo tanto, cada vez que se localice la atención en alguno de los procesos nombrados al inicio, se estará cometiendo un error si no se consideran los otros. Ya que, como se vio, estos están totalmente relacionados.


Bibliografía

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Dubos, R; Pines, M. (1972). Salud y enfermedad. México D.F: Focet Multicolor
Lazarus, R.S. y Folkman, S. (1986). Estrés y procesos cognitivos, Barcelona: Martínez Roca.
Sandín, B. (1995) El estrés. En A. Belloch (EDS), manual de psicopatología, vol. 2. Madrid: Mc-Graw-Hill
Sandín, B. y Chorot, P. (1991). Escala de estrategias de coping. Revisión III Congreso de Evaluación psicológica, Barcelona.
Sojo, V. (2001). Normas de la American Psychological Asociation (APA) para las citas y referencias bibliográficas. Caracas
Estrés y enfermedad. (s.f.). Extraído el 23 de diciembre de 2005 de http://www.el-mundo.es/salud/1995/139/00641.html.
http://www.universia.com.ar/portada/actualidad/noticia_actualidad.jsp?noticia=16859#
http://www.galeon.com/pcazau/arpsi-adic.htm
www.socidrogalcohol.org.

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